Si obedecemos el mensaje del evangelio, nuestro corazón ha sido lleno del más puro amor, el amor de Dios, el cual no es egoísta, al contrario, se extiende hacia otros y no es un amor que aparenta preocupación pero no hace nada al respecto para ayudar en la situación de otro. El amor de Dios es activo, capaz de emprender acciones con tal de ayudar en el bienestar del prójimo y sobre todo de aquel que piensa diferente, de aquel que contradice, ofende o que persigue. Esto tiene un efecto práctico, tal como el Señor Jesús nos enseñó, debemos practicar este amor no fingido, con nuestro “enemigo”, es decir con aquellas personas que están en el mundo y no hacen la voluntad de Dios, por no conocer realmente a Jesús. Fácil es hacer cosas buenas por aquellos que nos aman, pero por aquellos con quienes tenemos contradicciones no; tal como Cristo nos mostró en la cruz, murió por todos nosotros que éramos enemigos de Dios, por culpa del pecado. Tomemos ahora este amor de Cristo incrustado ...
Una generación transformada por Jesús